Tuesday, January 04, 2005

Cuando los acéfalos se reunen en manada

Los poetas acéfalos, también conocidos como unicelulares, de asuntos organizativos saben más bien poco. Cuando se reunen en estructuras complejas realmente no es que se organicen para tal efecto, sino que lo hacen por inercia desorganizada y por la insólita atracción que sienten por lugares como los baños públicos o las escuelas de danza para señoritas.

Esto se explicaría en la incomprensible y sin duda maniática costumbre que exhiben cuando se reunen en manada a recitar sus poemas: necesitan constantemente mirarse al espejo.

Si por desventura o mala organización -comunmente a cargo de poetas de la misma especie- no hay espejos, o están rotos, o son insuficiente para todos, porque hay que advertir que no les gusta mirarse de a dos en un mismo espejo (el doble reflejo les confunde), entonces se deseperan, registaran frenéticamente sus bolsillos, sus maletines y carteras. Como son olvidadizos jamás recuerdan que sus diminutos espejos de bolsillo los guardan en los zapatos.

Nadie sabe con seguridad por qué razón guardan sus espejos en los zapatos. Una de las teorías más difundidas por los estudiosos señala que precisamente lo hacen por su fama de olvidadizos, pues jamás han recordado que esos adminículos se llaman "espejos de bolsillo" (esto explica también por qué son tan repetitivos en sus poemas). Dicen los eruditos en la materia que antiguamente tendían a buscarlos primero en los zapatos, pero que cuando se hizo una costumbre generalizada guardar los espejos en los zapatos para no olvidarse, pues sencillamente olvidaron el truco.

Esta teoría no explica, sin embargo, por qué recuerdan la extraña costumbre de guardar el espejo en el zapato y, al mismo tiempo, olvidaron la misma costumbre a la hora de buscarlo.
Tal vez la respuesta esté en otra teoría, la de los zapatos. Esta señala que los poetas acéfalos también sienten una profunda atracción por los sombreros debido justamente a su condición de "descabezados" y a la imposibilidad de usar sombrero. Si bien es cierto que el nombre de esta teoría es totalmente inadecuado, sirve al menos para enterarse de que la teoría de los sombreros es otra. En ella no se dice nada ni de sombreros ni de zapatos, pero se explica de forma contundente y genial la atracción de los acéfalos por los espejos: en ellos miran al vacío.

Ciertamente aún falta una teoría unificadora que dé respuesta a las múltiples interrogantes que aún quedan pendientes. Sin embargo, no se podrá avanzar en esa dirección hasta que no entendamos por qué los poetas unicelulares son tan sentimentales y tan exageradamente reaccionarios frente a cualquier alusión...

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