Sunday, March 13, 2011

Infernario



Del delirio profesado
los manifiestos son ninguno.
No hay espadas que argentar
ni atalayas solemnes tronando
sobre el genticio sus trompetas.
No hay himnos de la victoria;
no hay plantos de la derrota.
Los barcos no regresan a la patria,
y en el puerto hay sombras olvidadas
que parecen pañuelos blandidos al viento,
mujeres blancas lanzando rosas negras
sobre el mar.

En las avenidas los estudiante
marchan como fantasmas,
se manifiestan invisibles
como huelgas de artesanos,
como la procesión turbada y taciturna
que acompaña al cesante Eduardo Miño.

Pero nada pasa, salvo que los niños
corren en la plaza, que las palomas vuelan,
que un perro flaco ladra un par de veces
y su alma se desmaya.
Todo lo demás es ilusorio
y da lo mismo.
Cien años los poetas recitando
y da lo mismo.

En la estación un abuelo
demasiado acostumbrado
a la soledad de los recuerdos
se defiende del alzheimer
con peones que perdieron
las mil batallas anteriores.
Y los trenes sueñan
viajes irreales a países extraños
de turistas perdidos
que imaginan la tristeza
antigua y habitual
de la lluvia, del carbón,
de los que no volvieron.

Los árboles del parque
están ausentes desde siempre,
ni los otoños con sus hojas
ni un par de enamorados
que se besan por primera vez
nos recuerdan su existencia.
Un mendigo enciende
con calma su cigarro y se aleja.
¡Parece mitológico
su andar a la distancia!

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